“aquella tarde aborrecía más que
otros días a los vetustentes; aquellas costumbres tradicionales, respetadas sin
conciencia de lo que se hacía, sin fe ni entusiasmo, repetidas con mecánica
igualdad como el rítmico volver de las frases o los gestos de un loco; aquella
tristeza ambiente que no tenía grandeza, que no se refería a la suerte incierta
de los muertos, sino al aburrimiento seguro de los vivos, se le ponían a la
Regenta sobre el corazón, y hasta creía sentir la atmósfera cargada de hastío,
de un hastío sin remedio, eterno”
La
regenta – Leopoldo
Alas Clarín